Los corazones de Dios

10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1 y sonaban las campanadas de las 8h de la mañana. Aplausos. Quedaban pocas horas para la visita de Benedicto XVI a Santiago de Compostela.

En una plaza, la de Galicia, mujeres que reivindicaban su derecho al amor. Mujeres que acusaban a la Iglesia por su hipocresía, que la señalaban con un dedo firme, claro y seguro, con su corazón fuerte y emocionado. Hombres que las acompañaban. Pedían por que su amor no se señalara con ninguna mano hipócrita ni con ningún ojo envidioso. Sonreían. Se besaban. Protestaban. Ejercían su derecho a la libertad de expresión rodeadas por antidisturbios que pedían identificarse a los que hacían fotos. Otras mujeres se enfadaban, señalaban y gritaban, también indignadas. Ellas también pedían lo suyo. “Una vergüenza”, decían. Entonces ellas se besaban. “¡Liberdade de expresión!”. Los policías se mantenían a raya. “Que sepa a policia que a súa presenza non é necesaria”.

En una esquina, los policías cortaban el paso. Ni documentando la residencia en la zona vieja te daban acceso al casco antiguo. “Porque yo mando aquí y no te doy permiso para pasar.” “¿Y a ellos?” “A ellos, sí.” En otras esquinas, ellos sonreían cuando les preguntabas, te dejaban pasar, con cámaras, sin documentos. Por aquí sí, ahora no. Rodeaban en una muralla infranqueable todas las zonas que serían pisadas por el vehículo que albergara a su Santidad. Nerviosos algunos con el corazón en un puño, otros sonrientes, otros orgullosos, como si todo esto fuera posible gracias a ellos. Como si les tuviéramos que agradecer algo. Una chica gritaba al intentar arrebatar su carnet al policía al que acababa de cedérselo. No les dejaban pasar. “Pero con esto sí que se puede, ¿no?” en la mano el especial gratuito que el ABC repartía por el casco viejo.

Cerca del Obradoiro, una mujer mayor lloraba porque no le dejaban pasar a ver al Papa, al Vicario de Cristo, al Siervo de los siervos de Dios. Un policía la consolaba. “¿Quiénes son estos?” preguntaba un señor al ver pasar a los marines, “Son los malos”, le contestaba entre risas un policía, codeándose con otros dos compañeros. Al paso de su Santidad se le acercaban a los niños, para que los besara, para que los bendijera. El Obradoiro resplandecía. La magnificencia de la Iglesia hacía relucir cada rincón y cada mirada de los creyentes. Ensimismados escuchaban al Santo Padre celebrar la misa y sus cantos en latín. Hablar en castellano y en gallego. Él también parecía ensimismado. Meditaba. ¿Reflexionaba? Cruzaba las manos.

Los corazones de los presentes hacían relucir, también, la piedra vieja de la catedral. Sus recovecos, su pórtico, el de la Gloria, sus esculturas, sus santos, su Apóstol. Se oía bombear fuerte y emocionados a los corazones de los curas, los arzobispos, los de los creyentes. Y entre los hombres de la Iglesia, doña Letizia, acompañando a don Felipe en el acto solemne. Recibiendo a Benedicto XVI. Recibiendo su bendición, su mirada, su saludo. Entre los hombres de la Iglesia, doña Letizia. Abajo Rajoi y Feijoo. Y Zapatero en Afganistán, dicendo a los soldados que estarán allí únicamente el tiempo necesario. El Papa se despide y puede que su corazón esté “entre tímido e feliz”, dice la tele. “Viva o Papa”, se grita.

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Acerca de Gala Martínez-Romero Martín

Amante de la Comunicación en todos sus estados. Periodismo, Audiovisual y Espectáculos. Probando mi voz. Con Kazumbo Teatro. Comunicando @microteatro #Madrid
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